viernes, 21 de octubre de 2016

El espejo de mis ojos
dignos y en alto
está en tu marcha, tu risa,
tu pecho al aire,
tu entrecejo encabronado,
tu palabra libre,
tu música en vuelo,
tus tambores, tu micrófono,
tu congregación de asombros y despertares.

Nuestra pregunta trenzada
con lazo amoroso e impúdico
viaja por los territorios hecho abanico,
sostenido por mil manos y más
desde la rabia, la memoria, el dolor,
desde la fuerza, la emoción cristalina,
la claridad, la mirada fija,
la esperanza
desde el amor a la vida
desde la vida (esa divina finitud).

Abanicamos el viento que respiramos
y nos mantiene con pechos hinchados,
espaldas rectas, frentes en alto.

Abanicamos el grito que sacude,
derrumba y construye.
Abanicamos el aliento entre los besos,
el susurro de un “te amo” neto.

Abanicamos el aire que seca las lágrimas
y acaricia las mejillas hermanas.
Nuestro abanico es un corazón sano
de tantos territorios como cuerpos,
repletos de vida
en acto erótico batiendo los aires
moviendo la atmósfera toda.

Nuestro lazo y movimiento
es el amoroso oxígeno del mundo.

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